Charo Sádaba: «No podemos esperar que la tecnología infunda por sí misma un sentido ético a los usuarios»

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No todos los días tiene uno ocasión de charlar con una de las mujeres más influyentes de España. Charo Sádaba Chalezquer, decana de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, ha sido incluida en el Top 100 Mujeres Líderes de 2018 por ser un referente en la protección de niños y adolescentes en el entorno digital. Por sus investigaciones en ese campo es también una de las ponentes invitadas al 47º Congreso de CECE, dedicado a la transformación de la educación (A Coruña, 28-30/nov.).

La decana de una de las 50 mejores facultades de Comunicación del mundo lleva casi 20 años investigando el impacto de internet en la sociedad y especialmente en los jóvenes, y es una de las divulgadoras y asesoras más reputadas en cómo se relacionan las nuevas generaciones con el mundo digital y en el mundo digital. Una de las cosas que más preocupan a Charo Sádaba es la falta de referentes de los jóvenes en su relación con el mundo digital y cómo ello repercute en una mayor fragilidad e insatisfacción ante la tecnología. Nos lo cuenta a continuación:

P.– ¿Dónde va estar el foco de su intervención durante el Congreso de CECE?
R.– El objetivo es intentar entender cómo son los niños y los jóvenes que hoy están en las aulas, pero también cómo son sus padres y sus madres –que también han cambiado bastante en los últimos años– para que puedan tomar decisiones sobre cómo nos comunicamos con ellos y qué expectativas realistas podemos plantearnos en nuestro trabajo con ellos. A veces creemos que son ellos los que se tienen que adaptar. Es necesario arrojar luz para entenderlos a ellos y eso es lo que voy a intentar.

P.– ¿Qué papel juega la tecnología en esos cambios que se viven en la adolescencia?
R.– Efectivamente la tecnología motiva muchos de esos cambios; o, más bien, es catalizador de muchos de esos cambios. Hay que ver qué papel juega la tecnología en ese nuevo escenario, qué cosas prioriza y qué cosas pone en un segundo plano.

P.– ¿Distorsiona aún más la ya de por sí difícil relación entre hijos y padres durante la adolescencia? ¿Amplía la brecha entre unos y otros?
R.– Me gusta poco utilizar palabras que tienen una connotación negativa y hacer juicios de valor enfrentados de lo malo contra lo bueno. La tecnología influye en las relaciones con todos: con sus iguales, con sus padres y con sus profesores. A veces la influencia es negativa, pero también puede ser positiva. Por ejemplo, la tecnología puede facilitar a los padres llegar a sus hijos de un modo que antes no ocurría.

P.– ¿Y hasta qué punto debemos intentar acercarnos a ellos a través de la tecnología en una época en la que precisamente buscan el distanciamiento?
R.– Intentar acercarse es siempre una obligación y una responsabilidad. Hay una edad en la que siempre van a buscar la confrontación. Por eso el momento en el que los padres tienen más posibilidad de acción es antes de que llegue ese momento, durante la infancia.

P.– ¿Y qué deben hacer los padres en relación con la tecnología? ¿Debemos acompañarlos en su uso? ¿Acaso limitársela y racionar su uso?
R.– Lo primero, hay que hacer un cambio de actitud. Hay que salir del “esto no sé” o “esto me abruma”; pasar de una actitud defensiva a una comprensiva y pensar que esto está aquí, va a estar siempre presente en la vida de mis hijos y voy a intentar entenderlo. Ese cambio de actitud es lo más valioso y lo más útil que podemos hacer los padres. Es importante también tener en cuenta cómo es la propia familia. Hay que plantear decisiones familiares dentro de la cultura familiar.

P.–¿Es conveniente limitar el tiempo diario de uso de determinados dispositivos, como intentan muchos padres? ¿O este enfoque ya está superado?
R.– Hay muchos estudios que ya dicen que el tiempo de exposición a la pantalla no es tan determinante. Hace poco escuchaba a Sonia Livingstone apelar a esa contradicción que perciben los padres entre la idea de que mucho tiempo de pantalla no es bueno y hay que limitárselo, y el hecho de que en los colegios se pasen las clases mirando una pantalla. ¿En qué quedamos? La discusión sobre el tiempo puede tener sentido, pero la cuestión esencial es otra: qué aporta la tecnología y qué no aporta, qué necesidades tenemos y cuáles pasan por ella y cuáles no. Es más importante saber qué hace y para qué la uso que el tiempo que le dedico.

P.– ¿Cuál es su principal inquietud respecto al uso de la tecnología por parte de los jóvenes?
R.– Tengo varias inquietudes. La primera tiene que ver con los padres. En la medida en que su actitud sea derrotista y piensen que eso les supera, están perdiendo una oportunidad de oro de acompañarlos y ser referentes en este entorno. La segunda inquietud tiene que ver con que, cuando hablas con los propios jóvenes, ellos mismos reconocen que la tecnología les deja muchos agujeros, les deja insatisfechos. No podemos esperar que la tecnología infunda por sí misma un sentido ético a los usuarios. Los que más usan la tecnología no van a ser por ello mejores usuarios, no van a hacer un uso más ético. Y esto también tiene que ver con lo primero: la ausencia de referentes. Les dejamos en un bucle sin solución. Buscan respuestas y soluciones en la tecnología que la tecnología no les da.

P.– He escuchado decir a muchos profesores universitarios que ven a los estudiantes de hoy en día infantilizados y poco autónomos a la hora de resolver sus propios trámites en la Universidad, de saber a quién dirigirse, de interactuar cara a cara con los propios docentes. ¿Solucionar casi todo a través de apps nos está volviendo incompetentes para gestionar asuntos mediante la interacción social y la comunicación interpersonal?
R.– No me atrevería a usar la palabra “incompetentes”, pero es cierto que si no usamos una capacidad en alguna de sus facetas, la deterioramos. Si la mayor parte de mi interacción con las personas se produce a través de las pantallas, hay una parte del lenguaje corporal y de la empatía que se deteriora. Al no entrenar algunos aspectos de nuestras capacidades sociales se deterioran. Perdemos unas y ganamos otras, pero algunas de las que perdemos son particularmente valiosas. Ahí hay un ámbito de trabajo y de acción claro.

P.– ¿Ahí entra en juego el papel de la escuela con su atención a la comunicación oral? Cada vez son más los colegios con programas de oratoria, por ejemplo…
R.– Sí, pero hay competencias mucho más básicas que las de hablar en público y tienen que ver con escuchar activamente a quien habla, mirarle a los ojos, entender su lenguaje corporal, preguntar cosas sobre lo que me está contando, rebatirle con un argumento… Eso es esencial.

P.– ¿Cuáles son tus principales líneas de investigación en este momento?
R.– Una tiene que ver con tecnología y medios de comunicación. La otra es de la que estamos hablando: jóvenes y tecnología, en la que llevo casi 20 años trabajando. En relación con ella, ahora mismo estoy trabajando de un modo muy particular en un proyecto que se llama Jóvenes en Transición y que busca entender cómo los jóvenes transitan hacia la vida adulta. En ese tránsito hay muchos factores clave, entre ellos la propia relación con la tecnología.

P.– ¿Y cómo se enfrenta a la información está generación de jóvenes permanentemente conectada a internet? ¿Tienen criterio para discriminar lo objetivo de lo subjetivo, el dato de la opinión? ¿Saben contrastar información? ¿O no tienen realmente mucho interés por saber si algo es cierto?
R.– Hay una cuestión muy importante en los colegios, que es la alfabetización mediática o educomunicación; también forma parte de la competencia digital y tiene que ver con educar el sentido crítico respecto a la información que consumimos. El problema que existe hoy en día es que la propia tecnología está contribuyendo a la difusión de noticias falsas y vídeos falsos, y nos encontramos ante jóvenes especialmente vulnerables que no están preparados para saber qué es verdadero y qué no lo es. Además, hay emociones adicionales que condicionan la recepción y la interpretación, y que van por delante de lo que vemos o escuchemos, del mero hecho informativo. En este asunto la realidad que tenemos es bastante compleja y los jóvenes son un público especialmente vulnerable.

 

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