Lecturas juveniles de verano: ‘Deja en paz a los muertos’, de Juan Ramón Barat

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‘Deja en paz a los muertos’ (Bruño, 2015), de Juan Ramón Barat.

Deja en paz a los muertos es una de las novelas juveniles de más éxito de Juan Ramón Barat, que es profesor de Lengua y Literatura en el IES Benimamet de Valencia y también escribe narrativa para adultos.

Es la primera novela de una saga de misterio protagonizada por dos hermanos adolescentes: Daniel e Irene. Los dos llegan con su familia a un pueblo costero donde Daniel se encuentra con un inquietante joven.

J.R. Barat nos cede este fragmento de Deja en paz a los muertos, perteneniente al capítulo 2.

 

 

2. TODOS LOS MUÑECOS TENÍAN EL MISMO ROSTRO

[…] Me senté en una roca y permanecí durante un largo rato observando el espectáculo que se ofrecía a mis ojos. En la línea del horizonte divisé un punto negro que debía de ser un barco. A los pocos minutos había desaparecido. A mi izquierda, a unos tres kilómetros, se encontraban los acantilados con el faro y, tras él, un bosque que se perdía en los montes. El terreno que llevaba hasta allí era bastante escarpado. Seguramente habría alguna carretera interior de acceso pero desde mi posición no podía verla. A mi derecha se extendía la playa, accidentada y rocosa, y un poco más allá el pueblo, con alguna casita que llegaba casi hasta el agua.

El sonido de unas gaviotas me hizo volver la cabeza hacia el faro y mis ojos descubrieron, a unos treinta metros, a una persona que contemplaba fijamente el mar.

¡Era imposible no haberla visto antes! ¿De dónde había salido?

Me acerqué con curiosidad y advertí que se trataba de un chico de mi edad y que parecía no haber reparado en mi presencia.

-¡Hola! –saludé tímidamente.

Entonces me miró. Tenía el pelo rubio, y sus ojos transparentes revelaban una profunda tristeza. Daba la impresión de haber llorado.

-¡Hola! –respondió-. Tú eres Daniel, ¿verdad?

Me quedé de piedra.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Gélver es demasiado pequeño.

La respuesta habría sido satisfactoria dos días más tarde, pero yo acababa de llegar al pueblo hacía apenas unas horas y nadie me conocía todavía. El muchacho volvió sus ojos hacia el mar y pareció olvidarse de mí.

-¿Cómo te llamas? –pregunté.

Tardó unos instantes en responderme. Tuve tiempo de sentarme y contemplar los movimientos de tres gaviotas que se habían posado a unos metros de nosotros.

-Ángel Rosé –dijo sin volverse.

-No te he visto llegar.

-¿Te gusta la casa? –preguntó sin hacer caso de mi observación.

-¿La casa? Sí. Supongo que sí. Es muy bonita.

En ese momento, el sol se posó con suavidad sobre la línea de los montes, como una gran naranja de fuego.

-A mí también me gustaba mucho.

Las enigmáticas palabras me parecieron venir de muy lejos. Igual que una voz o una música que suena al otro lado de un tabique. Volví los ojos y descubrí con sorpresa que no había nadie junto a mí.

El muchacho había desaparecido misteriosamente.

Regresé a casa perseguido por las sombras -las de la tarde y la de Ángel Rosé-, que se cernían sobre mí como fantasmas.

Por supuesto, no dije nada de aquel extraño personaje a mis padres durante la cena y menos aún a mi hermana. Me habrían tomado por loco. Pero no me pude quitar de la cabeza el rostro de aquel desconocido. Sus ojos transparentes se me aparecían por todos los rincones de la casa, y sus palabras retumbaban en mi cerebro como un eco apagado. Tenía la impresión de que en cualquier momento volvería a tropezarme con él. […]

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