El presidente de CECE pide trabajar por una “cultura del acuerdo” en educación

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(Este artículo fue publicado por Alfonso Aguiló, presidente
de la Confederación Española de Centros de Enseñanza,
en la revista Cuadernos de Pedagogía el pasado 16 de junio)

Quizá uno de los rasgos más significativos sobre el llamado “Pacto de Estado por la Educación” es que de modo habitual ha suscitado polémicas que se han centrado en aspectos bastante colaterales, de modo que el debate ha quedado con frecuencia secuestrado por cuestiones secundarias o al menos poco relevantes para el futuro de la educación en nuestro país.

Se ha hablado mucho de los conciertos, de la asignatura de religión, de la educación diferenciada, de la lengua, de los itinerarios en el último curso de la ESO… y son cuestiones sin duda interesantes, pero no son temas relevantes a la hora de acometer y resolver el fracaso escolar, el abandono temprano, el desempleo juvenil, la falta de equidad, la situación de la formación profesional o el bajo nivel de idiomas.

El pacto no es solo el álgebra de votos en el Congreso de los Diputados para aprobar una ley orgánica de educación. El espíritu de acuerdo debe llegar desde y a todos los niveles y ámbitos. Debe haber, en primer lugar, un mayor clima de acuerdo entre la familia y la escuela para trabajar en más sintonía. Debe haber un mayor clima de acuerdo y de colaboración entre los profesores para trabajar en equipo y superar los grandes desafíos a los que la educación nos enfrenta cada día. Debe haber más colaboración entre las escuelas, entre las redes, entre los territorios. Debe haber más acuerdo y colaboración entre patronales y sindicatos y federaciones de padres y de alumnos. Debe mejorar también el trabajo conjunto entre los centros y las administraciones educativas.

Todos debemos poder mirar a la cara a la gente y decirles que ponemos la educación en el lugar que merece, que queremos llegar a acuerdos porque queremos servir a los intereses de nuestra sociedad, que tenemos un papel importante en ayudar a las nuevas generaciones a estar a la altura de los retos que tenemos en el horizonte. Y para eso necesitamos a todos. En vez de discutir tanto sobre quién es subsidiario de quién, nuestro esfuerzo debe centrarse en estimular el trabajo de todos, sin imponer modos de hacer que uniformizan y empobrecen el sistema educativo.

Esa “cultura del acuerdo” es imprescindible para dejar de culpabilizarse unos a otros y centrarnos todos en resolver los problemas. Centrarnos en la buena gestión de los recursos disponibles. Lo digo pensando en el profesor en el aula, en el equipo directivo, en la administración educativa, en todos. Trabajar mejor, trabajar en equipo, buscar sinergias, no refugiarse en el victimismo para no mejorar.

Oponer la enseñanza pública a la concertada es un atavismo que sólo se mantiene en muy pocos países occidentales, y por desgracia el nuestro parece a veces ser uno de ellos. He podido visitar y conocer muy diversos sistemas educativos en muy diferentes países, y tengo que decir que en pocos sitios hay un sesgo político e ideológico en la educación como el que parece haber ahora en España.

Urge atraer talento a la educación, no hostigarlo. Trabajar sin frentismos, sin querer excluir a nadie, sin legislar contra nadie, porque nadie sobra para mejorar la educación. Llama la atención, por ejemplo, que surjan propuestas estatalizadoras, que pretenden ahogar la enseñanza concertada para ir estableciendo poco a poco una escuela única, como si la escuela única fuera el paraíso de la calidad y la igualdad de oportunidades.

La enseñanza concertada no existe para llegar a donde no llega la pública, o porque sea más barata, sino para que todos puedan elegir escuela financiada dentro de una oferta plural. Eso es una necesidad, si se quiere al tiempo equidad y pluralidad, porque sin financiación pública la pluralidad solo llegaría a quienes pudieran pagarla, y eso sería contrario la equidad.

El mayor enemigo del pacto es el poco amor a la pluralidad, la voluntad de combatir al otro, la obsesión contra las ideas que no ha propuesto uno mismo, el empeño por impedir que haya espacio para soluciones diferentes a las que a cada uno más le gustan.

Deseo, como es natural, que se incremente la financiación de la enseñanza. Y soy partidario también de evaluar el trabajo de los profesores, de los centros, porque debe haber una rendición de cuentas del dinero público invertido, y sobre todo de la responsabilidad que supone asumir la educación de personas que tienen derechos. La evaluación es fundamental para lograr avances significativos con esas personas. Debe ser una evaluación bien hecha, que ayude a cerrar las brechas sociales, porque excelencia y equidad no se deben contraponer sino que deben exigirse mutuamente, ya que equidad es hacer posible a cada uno rendir todo lo posible su propio talento. Evaluaciones que no estigmaticen a nadie, que no conduzcan a clasificaciones indiscriminadas, sino que sirvan para detectar quién necesita ayuda y así dársela.

Cuando se habla de mejorar la educación casi siempre se piensa en una nueva ley que va a resolver el problema. Pero vemos que hoy con las mismas leyes hay comunidades autónomas que van bastante bien y otras bastante mal. Y que hay lugares con mucha financiación que van bastante mal y otros menos financiados que van bastante mejor. Tampoco parece haber correlación clara entre resultados y ratios de alumnos por clase o por profesor. Es evidente que los resultados no son el único parámetro que hay que observar, pero debemos trabajar con datos y no sólo con impresiones. Y está claro que se pueden y deben mejorar las leyes, y la financiación, y las ratios, pero sería bastante ingenuo pensar que con eso avanzaremos mucho.

La sociedad está cansada de la ideologización del debate educativo y de los frentismos políticos. A muchos parece que importa más rebatir las ideas de otros que buscar solución a los problemas. Por eso pienso que las principales barreras contra ese pacto provienen de intereses ajenos a la educación, y que es preciso dejar en segundo plano los intereses particulares y centrarse con generosidad en lo que de verdad necesita la educación. Creo, además, que el cambio nacerá sobre todo en las aulas, no en las leyes. Las revoluciones (también las educativas) han surgido sobre todo en la calle y en las aulas. Y ahí es donde más tenemos que trabajar por el cambio.

 

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