EFA Molino de Viento, una escuela del campo para el campo

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En este centro de ESO y FP Campo de Criptana, la línea entre el aula y el medio rural es casi inapreciable y las prácticas las marca la Naturaleza

(Este reportaje se publicó en Actualidad Docente en julio de 2017.
Por su interés, lo recuperamos en la nueva edición.)

Jesús, estudiante de FP, se baja del tractor tras limpiar una hectárea de raíces secas. Sobre esa tierra recién removida, agricultores, profesores y alumnos dialogan sobre qué conviene plantar esta temporada. Guardamos un respetuoso silencio. Están en clase.

El alcalde de Campo de Criptana, Antonio Lucas-Torres; el presidente de la cooperativa, Agapito, el de las viñas, y Moisés, el de la bodega, tienen algo en común: han estudiado en la EFA Molino de Viento, una escuela rural que hemos visitado en Actualidad Docente.

Imparten ciclos formativos de explotación agropecuaria, de vitivinicultura, de maestro de almazara, y quizá muy pronto de pistacho, que consiguen un 90% de empleabilidad. Lo que los chavales aprenden aquí será en lo que trabajen el resto de su vida. “Tengo alumnos en Lavinia y en el Casino de Madrid”, dice Óscar Gallego, responsable del ciclo de Vitivinicultura.

La EFA Molino de Viento nació en 1971. Sus siglas corresponden a un nombre, Escuelas Familiares Agrarias (EFA), que hoy abarca mucho más que eso. Ofrecen ESO y ciclos de FP a 250 jóvenes de Campo de Criptana y su comarca. Siguen siendo un vehículo formidable de formación en la España rural, pero con la última tecnología y una imbricación absoluta con el medio económico en el que se desenvuelven.

Profesores que por la mañana son enólogos y por la tarde dan clase de vitivinicultura. Alumnos que conducen un tractor con las primeras luces del alba, para luego sentarse en el laboratorio por la tarde. Es el milagro que obra a diario la escuela rural española.

Alumna de la EFA Molino de Viento, en el laboratorio. (Foto: José Luis Roca)

“No se trata de meter conocimientos en la cabeza del alumno. Se trata de despertar la capacidad de aprender a aprender, de despertar la ambición de mejorar”. Hermenegildo Elvira, el director, resume así la filosofía de su escuela.

Llegó a Molino de Viento en 1988. Casi treinta años en Campo de Criptana. Además de dirigir la EFA, está al frente de una almazara, una cooperativa con 1.300 socios. Por algo puede decir que el centro está muy imbricado en la sociedad. La línea que separa la escuela y el medio que lo rodea prácticamente no existe.

Una fábrica de emprendedores

Moisés Bernal, de 42 años, es bodeguero en Pedro Muñoz. Sus vinos, “Ovidio” y “Terruño Córcoles”, han viajado a las ferias de EEUU y Europa, y regresado con premio. Fue alumno de la EFA Molino de Viento. Con su antiguo profesor, el ingeniero agrónomo Óscar Gallego, aún mantiene vínculos afectivos y profesionales. Juntos visitamos su bodega muy cerca de Campo de Criptana.

“Me metí en el campo con mi padre, dejé BUP y empezamos a hacer vino mi hermano y yo. Los dos hicimos el curso y seguimos trabajando. En 2001 monté la bodega. Me apunté a la EFA porque tenían un ciclo de vino”.

En la Escuela encontró la horma de su zapato. “Notaba que por fin leía algo y me quedaba en la cabeza. Estudiaba lo que me gustaba”, recuerda. Sus tierras producen a gran escala uva para mosto, que se comercializa a través de la cooperativa local, pero ha montado una bodega donde da rienda suelta a su pasión por el vino y pone en práctica las técnicas aprendidas en Molino de Viento.

“Aprendí en el laboratorio de la EFA los parámetros de la uva. A jugar con el vino. La esencia de un gran vino es que un pequeño sorbo te da grandes sensaciones. La bodega ya tiene que oler a esa fragancia”.

“Conseguí que el crianza me pusiera los vellos de punta al probarlo”, prosigue Moisés. “Tienes que hacer un vino que estés enamorado de él”. Ahora, sus botellas viajan a Suiza, Bélgica, República Checa, EEUU y, sobre todo, Alemania y Holanda, los mercados más estables.

Su producción anual es de 12.000 botellas, 5.000 de “Ovidio” y 7.000 de “Córcoles”.

Las prácticas las dicta la Naturaleza

Francisco Serrano, jefe de Estudios de Molino de Viento. (Foto: José Luis Roca)

Francisco Serrano es ingeniero técnico agrícola y tiene 240.000 cepas en su finca. Son 140 hectáreas, un terreno más grande que el parque del Retiro. Olivos, viñedos y cereal, un auténtico paraíso que le obliga a levantarse antes del amanecer para atender las tareas del campo. Por la tarde es jefe de estudios de FP en Molino de Viento y tutor de Producción Agropecuaria.

“Lo que amas es lo que mejor enseñas”, dice a Actualidad Docente. Él es un hombre de campo. Cuando habla, como su compañero Óscar Gallego, el tutor de Vitivinicultura, lo hace desde la pasión y el convencimiento de que sus chicos y chicas mejorarán la tierra heredada de sus padres. “Son chavales de 16, 18 o 22 años a los que les encanta el campo”. Que disfrutan montándose en un tractor y prensando la oliva en la almazara. Como Jesús, uno de sus alumnos más aventajados.

Jesús Alfonso Rodrigo Pozo, en el primer curso, hizo 600 horas de prácticas. Este segundo año son 280 horas. Y esta tarde toca irse al tractor. Las prácticas no entienden de burocracias y se tienen que adaptar a lo que manda la Naturaleza.

En la lejanía le observa su tío Agapito Rodrigo. A sus 55 años, él también fue alumno de Molino de Viento. “Era una formación en la vida y para la vida”, asegura este veterano agricultor. “Éramos todos hijos de agricultores. Ahora son mitad y mitad”.

Alumno de la EFA Molino de Viento. (Foto: J.L. Roca)

A sus 23 años, su sobrino ha sido alumno en Molino de Viento de Vitivinicultura y Producción Agropecuaria y, además, tiene un ciclo superior de Gestión y Organización de Empresas Agropecuarias que cursó en otra EFA. Colabora en una empresa familiar y lo compatibiliza desde el año pasado con un trabajo de gestión en una Sociedad Agrícola de Transformación. La jornada en el campo, sin las distracciones de la gran ciudad, da para mucho.

La joya de la corona, ‘Perdiguero’

En el ciclo de vitivinicultura aprenden desde el cultivo a la vendimia, desde las ayudas a la exportación a la fermentación en barrica. Gracias, sobre todo, al laboratorio y la bodega que tienen instalados en el centro. Barricas, cubas de fermentación, prensas, bombas, alambiques… La EFA Molino de Viento es capaz de elaborar su propio vino, “Perdiguero”. Un vino dulce del que producen 6.000 botellas al año y que entregan a parroquias y arzobispados para que se use en Misa. Hasta el Papa Francisco ha probado este vino, según nos explica el tutor, Óscar Gallego.

Un vino de uva airén en el que los alumnos ponen lo mejor de sí mismos. Participan en todo el proceso, desde la plantación hasta el embotellado y etiquetado. No es muy frecuente en España que se ofrezca esta formación con una bodega y unas plantaciones reales. Por algo es la joya de la corona de Molino de Viento.

Etiqueta del vino que elaboran en Molino de Viento.

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