Nancy Atwell, Global Teacher Prize 2015

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Nancy Atwell, Global Teacher Prize 2015: “La única manera de que los niños lleguen a ser lectores apasionados es leyendo mucho”

La profesora estadounidense fue premiada por su programa de fomento de la lectura 

(Está entrevista fue publicada por AD en junio de 2016. Por su interés, la retomamos en esta nueva etapa. El vídeo que muestra esta información sobre el Centre for Teaching and Learning (fundado por Nancy Atwell) fue difundido por la organización del Global Teacher Prize en 2015.) 

Nancie Atwell es, a sus 64 años, una de las mejores profesoras del mundo. El Global Teacher Prize, el llamado Óscar de los maestros, la consideró La Mejor en 2015. Su método de animación a la lectura es revolucionario por una simple razón: porque confía en que los alumnos son lo suficientemente inteligentes para saber lo que quieren y lo que necesitan. O, al menos, en cuestión de literatura, el área en la que lleva dando lecciones los últimos 43 años y sobre la que ha escrito nueve libros, entre ellos “In the middle”, que ha vendido medio millón de ejemplares.

Atwell habla con Actualidad Docente desde su Center for Teaching and Learning, en el Estado norteamericano de Maine.

En estas cuatro décadas, asegura, ni un solo alumno de los que maneja (de entre 5 y 14 años) ha fracasado en su intento de convertirse en un buen lector y disfrutar de una buena historia. La que es buena para él, eso sí, porque ella propone y ellos disponen.

Desde 1990 lleva el Center for Teaching and Learning, en la localidad de Edgecomb (en el estado de Maine y con poco más de 1.200 habitantes). Allí está toda una Meca pedagógica que educa tanto a niños como a profesores, a razón de 40 o 50 al año. Cree que allí, tanto unos como otros, se convierten en ciudadanos, aunque haya tenido que defender a capa y espada su método.

“Este premio, que es una maravillosa mención, es un alivio para alguien que siempre ha defendido su manera de entender lo que es mejor para los niños. Aunque mi trabajo ha sido reconocido por mis colegas, un reconocimiento como éste es una especie de bendición política que es, además, muy inspiradora también para los niños”, asegura. Y el millón de dólares con el que está dotado el galardón ha sido redirigido por Atwell para poder dar más becas en este centro.

El método: encender la mecha

“Mis estudiantes leen hasta 40 libros al año. Seleccionan libros de una biblioteca que yo he compuesto con todos los tipos de autores, de estilos, de historias, de condiciones humanas. Niños o adultos, nadie puede resistirse a una buena historia. Todo el mundo quiere saber qué será lo próximo. Siguen leyendo porque quieren respuestas. Es una condición humana: la curiosidad y amar las historias”, explica.

Ella se encarga, entonces, de encender una mecha que todos tenemos. Aunque ella misma ha entendido siempre la Literatura como una asignatura obligatoria, cree que esa “obligatoriedad” se ha aplicado de manera errónea. Primero hay que prender la mecha.

“Hemos negado a los niños el acceso a esa experiencia por la manera en que hemos obligado a leer en el pasado”, explica, y se refiere no sólo a las listas cerradas, sino a las grandes novelas adaptadas al público infantil.

En su aula se lee durante 30 minutos. “Mi trabajo es ayudarles a encontrar los libros que les interesen. Busco grandes historias, pero también hago charlas sobre libros”. Además, esto se complementa con las charlas que ella dirige y que llegan a ser 250 al año.

“Los niños son capaces de hacer planes sobre lo que van a leer. Y a través de las charlas saben más o menos qué pueden encontrarse en el libro que eligen. También pueden hablar conmigo cada día, y tenemos conversaciones sobre lo que leen, lo que entienden o lo que no entienden. Si no les gusta un libro, pueden abandonarlo y buscar otro nuevo. Hay miles de fórmulas (…) Pero no les encerramos a leer. Simplemente les situamos en ambiente literario rico, en estructuras que favorecen. Y luego sí les pido que lean otros 30 minutos en casa”, asegura.

La segunda parte del método es la escritura: plantea a los alumnos distintos géneros, crítica literaria, ensayo… pero también les deja elegir los temas de manera libre.

La importancia de elegir

¿Pero no presiona a sus alumnos? “Creo que la gente a la que le gusta leer entiende lo que hago. Aquellos que mientras están leyendo un libro están pensando en el próximo. Los niños necesitan esa misma opción y experiencia que los lectores adultos. No necesitan ejercicios o versiones reducidas de clásicos. Necesitan tener la opción de decidir y guiarse por lo que les engancha, por los libros que aman. Sabemos que la única manera de que los niños se conviertan en grandes lectores, en lectores  apasionados, es leyendo mucho. No hay atajos”, resume.

En una época de libre acceso en internet a muchos materiales sin clasificación por edad, Atwell combina la libertad con la supervisión. “No les pongo materiales muy agresivos para niños de 14 años. Soy muy cuidadosa seleccionando los libros. Por ejemplo, los niños están muy tristes con lo que le pasó a Malala, cuando leen sobre la situación de los niños soldado o las niñas en Irán. Les protejo de material duro que no merece la pena, como adulta soy capaz de entender eso. Pero al no estarles obligando, ellos diagnostican con lo que se sienten cómodos y con lo que no. Si no se sienten cómodos, pueden dejar el libro en la estantería. Si los padres no están cómodos, también me pueden llamar. Pero más bien sucede lo contrario. ¡No te imaginas cuantos padres están esperando a que su hijo acabe de leer el libro para leérselo ellos! Les encantan las historias que llevan sus hijos a casa y es muy bueno para los hijos poder compartir con sus padres opiniones sobre un libro”, asegura.

Contra la educación con orientación empresarial

Atwell se reconoce, pese a las bendiciones de Harvard o ese Óscar de la Enseñanza, como alguien totalmente al margen de sistema educativo de Estados Unidos y no comparte la tendencia de las instituciones docentes a funcionar con criterios economicistas.

“Creo que el modelo de éxito actual tiene una perspectiva muy naif. No sabemos lo que una persona exitosa necesitará dentro de 20 años y el énfasis educativo en las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM) está equivocado. Personalmente pienso que va a haber una gran reacción contraria a esta tendencia que nos lleva a ser animales económicos. No es una manera de vivir, no es una manera de tener una vida completa. Si miramos a gente que está triunfando en el mundo empresarial o tecnológico, todos tienen un amplio bagaje en Humanidades. Son gente tridimesional y en parte es porque están abiertos a las artes, incluida la Literatura”, explica.

Para ilustrar con un ejemplo mira a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook. “No se licenció en Informática o Empresariales en Harvard. Habla griego antiguo y tiene títulos en Sociología y Psicología. Algunas de las ideas que le llevaron a crear su red social fue entender la necesidad o el interés de la gente por mostrar sus fotografías en la red. Por supuesto habrá necesitado cientos de horas para desarrollar Facebook, pero sus intuiciones se basaron en sus conocimientos y sus intuiciones psicológicas y sociológicas”, argumenta.

Para seguir nadando contracorriente, no simpatiza con la obsesión por el “multitasking”. “Mi objetivo, de hecho, es enseñarles a concentrarse en una sola actividad”.

“La literatura”, incide, “da a los niños experiencias que nunca tendrían si no leyeran. Aprenden sobre la vida de otras personas, los sentimientos ajenos, las condiciones de otros lugares del mundo. Les enseña a ser más humanos, mejores ciudadanos y darles un acceso a la emoción más importante de todas: la empatía.  Ésa es la tarea.  Que se conviertan en personas más compasivas, más comprensivas. Que sepan salir de su pequeño mundo y sentirse todavía a salvo”.

Por ello, para esta maestra lo que realmente prevalece en los modelos de éxito es la necesidad de contar una historia. “Si eres periodista, profesor, si estás en el mundo de los negocios, si eres entrenador deportivo… siempre va a ser no sólo útil, sino esencial. Es con una historia con lo que conectamos, es lo que nos hace aprender. Tenemos que transmitir una secuencia de hechos que tengan un sentido. La comprensión humana se ancla a esa narrativa”, concluye.

Aprender de los estudiantes

Atwell enseña a los profesores a confiar en los estudiantes. Ella les debe, dice, su estado de ánimo, su día a día lleno de sorpresas. “Lo que más he aprendido de los estudiantes es que ellos quieren que las cosas tengan sentido y quieren estar satisfechos con las explicaciones. Mucho de lo que hacemos en la escuela es posponer satisfacción o explicación, pedirles que se comporten. Pero tenemos que saber que ellos están deseando comprometerse con lo que les contamos y es nuestra labor no decepcionarlos”, afirma.

“He estado enseñando durante 43 años y cada día he tenido que estar con los chicos y no quiero ser cursi o tópica, pero su inocencia, su entusiasmo y su curiosidad son una fuente constante de inspiración para mí. Me encanta estar con ellos, me mantiene motivada e ilusionada”, dice.

Con el paso de los años, además, reconoce que su aproximación a los pequeños no ha tenido que cambiar tanto. “Creo que los niños siempre han sido iguales. Están buscando significados, tratando de saber cómo es el mundo. Es la cultura la que cambia y la manera en que interactuamos con el mundo. Pero los niños siguen intentando descifrar la realidad, incluyendo la realidad adulta, y nuestro trabajo es darle la mejor versión de la realidad que podamos”, dice.

¿Un mundo que lee cada vez menos?

Especialista en derribar mitos, Atwell tampoco es pesimista sobre el futuro de la lectura. “No creo que el mundo esté leyendo cada vez menos. Seguimos teniendo libros que son grandes éxitos de ventas. Sé que los e-books no están funcionando del todo y la gente está volviendo al libro tradicional, que las librerías independientes están haciéndose fuertes… No creo que la lectura sea un arte moribundo. Quizá es que la gente no tiene acceso a los libros que realmente quiere leer”, argumenta.

“Tampoco creo que las redes sociales u otras maneras de leer más breves puedan acercarse a la experiencia de leer un libro, de acompañar un personaje durante cientos de páginas, viviendo su vida, acercándose a temas e ideas sobre la vida que no llegarían a nosotros de otra manera. No es sólo que vivamos la vida imaginaria, sino que la literatura nos conecta con cosas muy reales, que nos mejoran como personas, que nos ayudan en nuestra vida porque entendemos de manera mucho más amplia la experiencia humana”, explica.

Lo que sí reconoce es que la lectura es diferente entre los chicos y las chicas. “Sólo se solapan en un 30 %. Definitivamente hay libros para chicos y libros para chicas. Mi trabajo es encontrar todo tipo de libros que le gusten a todo tipo de chicos y de chicas o a ambos”. Para ellos destaca un autor, Walter Dean Myers, y un género: la literatura deportiva. Para ellas destaca la ciencia ficción distópica. Curiosamente, reconoce que ella tiene malísima memoria para recordar el nombre de los escritores de los libros.

La historia de Nancy Atwell

Atwell nació en Nueva York en 1952. “Crecí en una casa sin libros y sin tener la opción de leer. Cuando tenía 10 años tuve una fiebre reumática que me tuvo en cama durante 6 meses. Eran los años 50 y no había nada electrónico en tu habitación, así que estaba recluida todo el día durante este tiempo. Mi madre empezó a ir a la biblioteca pública y a traerme libros. Así desarrollé mi hábito, me atrapaban las historias. Un libro que leí entonces fue “El jardín secreto”, de Frances Hodgson Burnett. No es un libro que mis estudiantes lean muy a menudo, pero para mí era perfecto: era una historia de curación de una chica. Lo leí cuatro veces y me di cuenta de que mi vida podía estar reflejada en la literatura y para mí fue un punto de no retorno: desde entonces no dejé de leer”.

Atwell acabó siendo profesora por casualidad. Ni siquiera había pensado en ir a la universidad, porque nadie en su familia lo había hecho. Sin embargo, el día que empezó a dar clases particulares y entró en un aula con estudiantes, se dio cuenta de que allí se sentía en casa. Algo que también ha transmitido a su hija, miembro ya de su Center for Teaching and Learning. Una labor que no define como un trabajo, sino como un privilegio.

 

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