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Lecturas de Verano: ‘Jilgueros en la cabeza’, de Carmen Guaita

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Jilgueros en la Cabeza (Khaf, Edelvives, 2015) es una de las obras recientes de Carmen Guaita, que es maestra en el CEIP San Miguel de Madrid. (Lee un fragmento de la novela).

Dentro de la trayectoria literaria de Carmen Guaita, Jilgueros en la cabeza nos ofrece un viaje a la infancia de Eulalia Requena que es también un viaje a la infancia propia del lector, donde aguardan tantas respuestas a las preguntas de hoy, a la pregunta de ¿quién soy?.

Jilgueros en la Cabeza (Khaf, 2015), de Carmen Guaita.

Éste es el argumento de Jilgueros en la Cabeza según resume la editorial en la cubierta del libro:

«Una periodista prestigiosa que tiene cuarenta años pero aún no ha comenzado a vivir, una mañana tranquila entre sabores de infancia, la llamada anodina de un antiguo amor, una imaginación que se desborda y una oleada de recuerdos que se agolpan. Durante dos horas de rebelión y de memoria, Eulalia Requena se encuentra de nuevo con su niñez llena de historias, su juventud triste y su madurez confusa. De repente, un suceso inesperado puede transformar todo el dolor en promesa, toda la oscuridad en luz».

Carmen Guaita nos cede a continuación un fragmento de Jilgueros en la Cabeza, en el que una maestra, ya anciana, habla de su vida a su sobrina Eulalia, entonces con 15 años.

Estamos en San Fernando (Cádiz). Eulalia ha ido a pasar allí el verano con sus tías abuelas:

Capítulo XVII.
La maestra

[…]
-¿Al asilo? Bueno tita, como quieras.

La residencia de ancianos de San José era un antiguo convento junto a la Alameda. El enorme caserón de muros encalados, limpio como solamente las monjas saben conseguirlo, era alegre a primera vista y estaba lleno de macetas. Cuando entraron en la sala común de suelo pulido y sillones de pana, Paca se dirigió a un gran ventanal abierto a un patio lleno de helechos. Allí, sentada en una silla de ruedas, estaba una anciana imponente que las saludó con alegría. A primera vista debía de tener más de noventa años, pero conservaba el cuello altanero, los ojos de color azul intenso y un rostro que reflejaba la luz como si estuviera cincelado en plata. La tía Paca pareció iluminarse con ese reflejo:

– ¡Aquí estamos! Esta es Eulalia Requena, la nieta de Lala. Te la he traído tal como te prometí. Tiene ya quince años. Eulalia, hija, te presento a mi querida prima la maestra Sara Brizard.

La muchacha tardó en reaccionar. No sabía que aquella mujer legendaria aún estaba viva. La tía Paca hablaba de ella muchas veces pero siempre en pasado.

– Sara aparecerá en los libros de historia, ya verás. Era una maravilla. ¡Qué mujer! Trabajó con toda su alma en la extensión de las escuelas pero en el 39 tuvo que marcharse exiliada a México. Dio clase durante muchos años en Santiago de Querétaro. Allí tuvo un hijo que no llegó a conocer la tierra de su madre. Pobrecita España, tanta gente buena perdida en la guerra y de los que quedaron vivos echamos a la mitad. ¡Con el bien que hubiera podido hacer aquí alguien como Sara! Tres generaciones desperdiciadas, no sé ni cómo estamos de pie.

No tuvo tiempo de recordar más detalles. La anciana la atrajo hacia ella, la besó y acarició su rostro con ternura. Entonces habló con voz de contralto, enérgica aún, y con un acento dulce: andaluz de ultramar.

– Qué preciosa eres, Eulalia. Tienes rasgos de Brizard y otros que no reconozco. Una buena mezcla. Solo Brizard hubiera sido muy peligroso para ti que eres una mujer moderna. Diga lo que diga Paca yo no fui moderna, fui rara. Nadé a contracorriente con la estupidez de mi familia como lastre. Paca la sufrió en sus carnes y te lo habrá contado.

-No sabía que vivías aquí, tía Sara.

-Sobreviví a mi hijo, Eulalia, y eso es algo imposible de concebir. Regresé hace tres años. Paca me ayudó a encontrar un refugio para morir en paz y como es tan buena viene a verme todos los días. El problema que tengo ahora es que Franco está en las últimas y… ¡no quiero morirme antes que él!

Las tres rieron con ganas. Eulalia se sentía a gusto. Sara, que la observaba con atención intensa, le preguntó:

-¿Eres feliz?

Tenía que abrir el corazón.

-No sé. Ya te habrá contado la tía Paca que hay mucho sufrimiento en mi familia, muchos problemas entre mis padres, pero cuando yo puedo refugiarme en mis cuadernos y en inventar historias, estoy a gusto. Además, ¿qué es ser feliz?

Sara Brizard se transformó en una maestra joven.

-Yo he pensado bastante sobre esto, ¿sabes? Y creo que la felicidad consiste en encontrar el hilo que une lo que eres con lo que haces; ese momento en que tus anhelos más profundos y tu actividad van en sintonía. Entonces todo tiene sentido y puedes decir: ahora soy verdaderamente yo, para esto he nacido. ¿Entiendes lo que digo, hija? Eres muy jovencita aún.

Eulalia se esforzó por entenderlo. Algo así había intuido ella cuando veía a sus padres buscar sin encontrar. Máximo y Lalita ansiaban algo que no podían conseguir porque sus actos iban siempre en dirección contraria.

-Sí que lo entiendo, tía Sara. Y, ¿cuáles han sido esos momentos de felicidad para ti?

-Pues aquellos en los que fui una educadora y mi presencia cambiaba las vidas. Recuerdo como si aún los tuviera delante a tantos niños de España y de México, tantas caritas, tantos futuros pasando por mis manos… Tuve mucha suerte con la vocación, la verdad sea dicha. He sido maestra y eso llena la vida de felicidad.

Eulalia estaba deslumbrada. ¿Y ella? ¿Había sido alguna vez feliz?

-Para mí los momentos en los que todo encaja son aquellos en los que aprendo algo, así que ahora mismo soy feliz.

-¡Qué linda! Eres una chamaca extraordinaria.

Esos piropos se los decía alguien a quien creía un personaje de cuento. Ahora estaba ante la maestra y era la persona más bella que había visto, con su rostro de plata bruñida, llena de luz a pesar de haber sufrido.

-¿Qué sentiste al marcharte de España?

-Un desgarro tremendo, hija, como una amputación. Y marcharse a causa de una guerra en la que murieron tantas personas que hubieran merecido vivir y soñar. Ver aquella pelea absurda entre hermanos… La guerra es el sinsentido, lo contrario a la felicidad. Recuérdalo cuando tengas ganas de emprender alguna de esas guerritas pequeñas que necesitamos para reafirmarnos. Cuando no consultamos nuestra brújula interior la chingamos, como se dice por allá.

Sara estaba a gusto con las confidencias, se le notaba. Y era muy graciosa aquella manera suya de hablar, uniendo las dos orillas.

-¿Cuántos años has estado en México?

-Cerca de cuarenta.

-¿Y qué has sentido al volver?

-He vuelto para morir, hija. Hasta hace media hora era lo único que tenía sentido para mí. Pero aún me faltaba conocerte y, de alguna manera, enseñarte. Cada mañana la vida puede volver a empezar. […]

La «tía Sara» sigue considerándose maestra a los 90 años. Más tarde, durante su conversación con la joven Eulalia, encontramos otra referencia a la vocación docente:

. ¿Te gusta imaginar cosas, tía Sara?

-¡Claro que sí! Piensa que soy maestra. Mi trabajo ha sido imaginar qué hay dentro de un niño, imaginar un mundo mejor… Bueno, en esto último me he llevado decepciones, para qué jalar.

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